La isla de Miel
Por Ester Kaufman (*)
Publicado en Bloggers Report
Hace pocos meses tuve la suerte de descubrir la Isla de Miel (o Ilha do Mel, en portugués). Fue una bellísima sorpresa que me regaló Brasil, rica en interrogantes, contradicciones y asombros. Lo voy comprendiendo con el transcurrir del tiempo. Desde que volví a Buenos Aires mi mente retorna a la Isla, para encontrarse siempre con algo nuevo que dispara nuevas preguntas y temas, muchas de ellas expuestos por los mismos isleños en palabras que había almacenado en algún lugar de mi memoria no activa. Allí encontré a afectados y beneficiados a causa de disputas tecnológicas y de políticas que sus pobladores van reformulando en su propia lógica modelada por lo cotidiano.
Pero primero contaré cómo llegué hasta allí y qué observé. En un
seminario realizado en Curitiba por UNESCO , instituciones académicas,
como la Maestría en Administración de la Pontificia Universidad Católica
do Paraná, y el Estado de Paraná, asistí al tratamiento de políticas de
estado positivamente diferentes de otros países de América Latina. Se
trata de acciones de gobierno relacionadas con la inclusión digital y el
desarrollo de software libre. Uno de los organizadores del evento, y
estrella en estos temas, fue el CELEPAR, sociedad de estado que se encarga
de la instalación y provisión de software y hardware, del desarrollo de
software apropiados para organismos específicos, de la estructuración de
redes intra agencias públicas, inter gobiernos y con la comunidad y de la
provisión de soporte técnico. Pero no sólo eso: también ejecuta políticas
de inclusión digital mediante la administración de los telecentros del
Estado de Paraná. Por tanto, cumple funciones informáticas, organizativas
y sociales ligadas a las TICs. Para mi asombro, en todos los estados de
Brasil se repiten modelos similares. Esto me intrigó considerando que el
CELEPAR es un organismo compuesto por informáticos. Por eso acepté la
sugerencia de pasar algunos días en la Isla de Miel para poder ver con mis
propios ojos el funcionamiento de dos de sus telecentros.
La Isla ha
recibido los beneficios de la tecnología que se evidencian, por ejemplo,
en la profusión de sitios web (cada posada cuenta con uno) que les ha
permitido la internacionalización de su oferta turística con la
consiguiente visita de europeos, israelíes y argentinos. La mayoría de sus
habitantes posee un teléfono celular que maneja para desarrollar su propio
trabajo, como en el caso de los barqueros, que también reciben por e-mail
las reservas para sus paseos. El uso cotidiano de las TIC supone una alta
alfabetización digital en la población, que utiliza Internet para sus
negocios, consultar sus cuentas bancarias y acceder a los servicios de
gobierno. Tales prácticas crean una conciencia inusual sobre los
beneficios del gobierno electrónico y de la inclusión digital ya que las
TICs han resuelto el aislamiento que marca su geografía y están logrando
un desarrollo económico dando visibilidad global a sus servicios. Cada una
de las zonas portuarias cuenta con un telecentro organizado por la
comunidad y con computadoras obtenidas por diversas vías no oficiales.
CELEPAR ayuda a la administración hasta que el propio núcleo genera una
propuesta autosustentable. Además paga dos empleados de medio tiempo para
la atención de cada telecentro. Estos empleados son miembros de la
comunidad que han desarrollado una capacitación mínima en informática y
que están en condiciones de transferirla. Con su asistencia, organizan
cursos de Código Abierto e Internet, por los que se emiten certificados
que detentan los logos y firmas de CELEPAR, Software Libre Paraná y del
Gobierno de Paraná.
Las dos reuniones a las que asistí estaban
supervisadas por Elisabete, también informática de profesión. En el primer
telecentro, el de Brasilia, me encontré con un grupo mayoritariamente
femenino, de todas las edades. Su preocupación central era la organización
social del lugar. Convinieron tiempos de acceso por persona, reglas
internas de convivencia, prioridades de uso (primero, los escolares),
supervisión del chateo de los niños (hasta la edad de 16 años), premios
para adultos que se destaquen en los cursos, nombramiento de las
autoridades, entre otras cuestiones. En ese último punto surgieron
disyuntivas interesantes: si toda la comunidad tenía derecho al voto
podría resultar designada gente no sensible a las políticas de inclusión
digital, lo que pondría el telecentro en peligro. Si sólo votaban los
habitués, quedaban incluidos habitantes a quienes sólo les interesaba
resolver sus asuntos (la gente consulta sus estados bancarios por Internet
y a muchos de ellos no les importan las funciones sociales del
telecentro).
Otro punto fueron los beneficiarios de la gratuidad de
los servicios, lo que suponía determinar a quiénes ampara la política de
inclusión digital. Establecieron que los moradores nuevos (con una
permanencia inferior a los dos años) y los turistas debían pagar y que el
resto no. Convinieron crear una biblioteca para que la gente pudiera leer
en los tiempos de espera o por interés directo y también la capacitación
en inglés y español para quienes atendieran el telecentro. Precisamente,
el poder ofrecer servicios pagos a turistas era lo que garantizaba su
autosustentabilidad. Otro tema fue la tercera edad y cómo, a través de los
telecentros, podrían resolver el analfabetismo de muchos ancianos, "para
que se sintieran orgullosos de sí mismos y pudieran chatear conectándose
con el mundo" y "también conseguir pareja si no la tenían" (lo que
entusiasmó especialmente a una mujer de unos 80 años).
Acordaron
reunirse próximamente para organizar grupos de enseñanza especiales con
los pescadores, por un lado, y los barqueros, por el otro. Estos sectores
han tenido la misma ocupación por generación (sobre todo los pescadores).
Un último punto fue la conveniencia o no del uso de Linux (los telecentros
están obligados a usar software libre). La reunión culminó con ejercicios
de elongación facilitados por nuestra informática Elisabete quien, a esta
altura, revelaba desempeñar muchas más funciones que las habilitadas por
su profesión. Ella dijo que había que cuidar siempre el cuerpo luego de
estar sentados (con computadora o sin ella).
La segunda reunión fue en
Encantada. La composición del consejo era distinta esta vez. Una mujer de
gran carácter y formación llevaba la voz cantante y el resto eran, en
general, hombres jóvenes. La líder pronunció una extensa alocución
respecto al significado de la inclusión digital como derecho de la
población. Aludió a que el pago de impuestos los habilitaba a tener un
acceso directo a la tecnología y a servicios como el de fibra óptica que
conectaba a la isla: "un derecho y no una gracia del gobierno", fueron sus
palabras. Me enteré que muchos de los libros (el telecentro estaba ubicado
en la biblioteca pública) se compraban y pagaban por Internet.
Otro
planteo que me sorprendió era respecto al Linux. Era muy difícil para mí
asimilar que fuera la propia comunidad la que hiciera planteos
tecnológicos que parecían improbables en ese medio social (suponía que era
jerga de expertos). Se refirieron a la relación entre software libre e
inclusión digital. Si el gobierno había decidido darle impulso al primero
para garantizar la segunda, el software obligatorio debía tener un
desarrollo y un soporte técnico que permitiera todos los usos. Hasta el
momento no podían escanear ni imprimir y muchas veces tenían dificultades
para enviar e mails porque la asistencia no había llegado (debía brindarla
CELEPAR). Por iniciativa propia tenían una computadora funcionando con
software propietario que les resolvía cuestiones que eran básicas para los
servicios escolares. Había un problema más: el sitio por antonomasia de
educación en Brasil (www.aprendebrasil.com.br ) sólo es accesible en un
100% con Windows, estando vedado en un 40% al desarrollo de Linux que
ellos tenían. Tampoco les aceptaba el "log in", aún siendo "Aprende
Brasil" socio de los telecentros.
Tuve la oportunidad de ver los
espléndidos juegos de ese programa para ayudar a la coordinación del
mouse, la máxima dificultad para quienes se alfabetizan informáticamente.
También pude recorrer los programas de alfabetización primaria a través de
juegos educativos. Los niños tienen la posibilidad de armar sus propios
sitios web, cosa que es de práctica para los pequeños de la isla. Yo
estaba decididamente emocionada. Nunca imaginé oír semejantes discursos en
sectores populares. La conciencia de la necesidad de integrarse a la
Sociedad de la Información era tan fuerte que resultaba increíble. La
comprensión de la pertinencia y las dificultades del software libre
también.
Faroles del Saber
El Estado de Paraná tiene doce telecentros y, en
Curitiba, una cantidad considerable de "Farols do Saber" que cumplen
funciones semejantes. No vi nada parecido a locutorios o cabinas como los
de los argentinos, chilenos y peruanos donde por 0,30 centavos de dólar se
accede a una hora de Internet y que son emprendimientos económicos
privados fruto, las más de las veces, de quienes han quedado desocupados y
todavía cuentan con algún dinero.
El acceso a los telecentros para
turistas (en el caso de la Isla) era muy caro ya que pagaban de seis a
diez pesos la hora. Existen muy pocos puntos de acceso y cada uno
representa un esfuerzo del gobierno titánico pero insuficiente. Esto
contrasta con la profusión de locutorios en estos países donde, en zonas
céntricas, a veces no guardan ni cien metros de distancia unos de otros.
Las zonas periféricas también cuentan con una enorme cantidad de estos
servicios privados y están permanentemente llenos.
Telecentros vs. Locutorios
Ahora, ¿cuáles son los interrogantes y
contradicciones que aún siguen picando mientras rememoro la experiencia?:
hay algunos obvios, como la contradicción planteada en el uso del software
libre, pero recurriendo también a un software propietario. Y es a la luz
de esta experiencia donde las declaraciones políticas y banderías
tecnológicas hacen agua porque siguen subsistiendo las preguntas de los
pobladores: "¿funciona la impresora?", "¿puedo escanear?", "¿accedo a
"Aprende Brasil"?".
La magia de los discursos ideológicos puede
encender multitudes, derribar gobiernos, generar nuevas conciencias sobre
derechos hasta hace poco desconocidos. ¿Pero la Isla está encendida por
ellos? Quizás podría reconocerse esa magia en la vehemencia con que
reclaman la inclusión digital. Pero ese reclamo no acepta sólo respuestas
de promesas a futuro.
Por tanto, la magia discursiva de lo político
encuentra pronto su límite: en la misma naturaleza de lo tecnológico. Si
bien entienden la cruzada del gobierno en relación al software libre y
saben que, de concretarse, ellos serían también beneficiados, necesitan
paralelamente que el desarrollo tecnológico que lleva adelante CELEPAR
esté a la altura de sus necesidades. Esa magia de las palabras que sí
puede encender los ánimos de expertos politizados en el tema o de
políticos no expertos, les es insuficiente porque relacionan inclusión
digital con desarrollo efectivo de software libre. La realidad marca su
reinado: ¿el Linux resuelve o no sus problemas? ¿CELEPAR responde o no
eficazmente a sus reclamos?
Nadie ponía en duda el desempeño de
CELEPAR. Su popularidad y esfuerzos estaban a la vista. Y aquí aparece
otra línea de interrogantes que la escasez de telecentros en el Estado de
Paraná (aunque la Isla no tiene ese problema) y que el desarrollo del
Linux no llega a cubrir, en la Isla, las necesidades expresadas, no porque
fuera imposible sino, y eso me imagino, porque la propia estructura
organizativa del CELEPAR impone sus límites. Entonces, en muchas
situaciones la pelea entre software libre y software propietario tiene una
desigualdad notable. En el caso relatado remite a una competencia entre
David y Goliat sin que el primero descubra la forma de vencer a su
contrincante. Se trataba de un David que sabe que la propia burocracia que
debe engendrar su fuerza lo condena a la fatiga. Este David debe estar
previendo que la solución puede encontrarse en el modo en que se gestiona
el conocimiento y que, un paso ineludible, es abrir las compuertas de lo
burocrático para asociar en esos desarrollos a otros centros de
innovación: concebir una nueva arquitectura social de la innovación que
encierra su propio modelo de gestión.
No lejos de esta propuesta se
encuentra el de la escasez de telecentros y la profusión de locutorios
(como empresa privada) en los tres países mencionados. También aquí hay
que reflexionar sobre una nueva arquitectura junto a un modelo de gestión
que resuelva el acceso fuera de los canales puramente privados o los
sostenidos desde la esfera pública (aunque con participación ciudadano,
como es el caso). Ninguna política de gobierno puede facilitar el acceso
como esos locutorios. Ningún locutorio puede hacerse cargo de los
servicios dados por CELEPAR en los telecentros. Aquí hay otro David y
Goliat que deben caminar de la mano.
Preguntitas al Señor
Otro
tema: el recuerdo de Elisabete, con sus ejercicios de elongación y sus
esfuerzos por componer los entripados locales que se expresaban en cada
telecentro. Y aquí surgen los borbotones de preguntas:
• ¿Quién
debería atender las molestias en el cuerpo de estos hombres y mujeres en
sus encuentros con las TICs?
• ¿Quién debería pensar en formas de
alfabetización inicial de adultos utilizando las TICs?
• ¿Quién
debería determinar qué otras necesidades de capacitación no vinculadas a
las TICs esta requiriendo la comunidad?
• ¿Quién debería satisfacer
esas demandas?
• ¿Quién debería atender la conflictividad social
planteada en cada telecentro: el problema entre jóvenes y viejos, hombres
y mujeres, residentes antiguos y recién arribados, residentes y turistas?
• ¿Todo es responsabilidad de Elisabete o del informático de turno?
• ¿Qué se les esta pidiendo a los informáticos?
La vulgarización
del uso de las TICs transforma a los informáticos en partícipes crecientes
en los requerimientos sociales ligados a esa tecnología que empieza a
cruzar y mezclarse con las cosas de la vida, como en este caso. Y no es el
único ejemplo que tengo en mente ya que vengo observando fenómenos
semejantes donde registro una ampliación sostenida de su campo de
competencias, seguramente porque ellos son la punta de lanza de estas
innovaciones que van horadando nuestros acontecimientos diarios. Somos los
no informáticos los que les requerimos desafíos que están siempre fuera
del límite o en el límite de sus competencias. Junto a ellos no están,
generalmente, los pedagogos, asistentes sociales, psicólogos,
antropólogos, etc. (no al menos en América Latina). Pueden que sean
consultados después pero siempre queda un "fuera de tiempo" y también un
terror a involucrarse con lo tecnológico.
En estos terrenos de la
innovación los que llevan la delantera suelen estar solos. Ni el sistema
de educación formal de otras disciplinas ya necesarias, ni las burocracias
académicas muestran algún dinamismo en acompañar la travesía.
¿Qué más
sobre la Isla de Miel? Las mujeres constituyen una clara avanzada en otra
punta de lanza, esta vez social. Pero ya es demasiado. Lo propongo como
asunto de otro artículo que puede no ser mío.
(*) Master en Ciencias Políticas de FLACSO Buenos Aires. Este artículo
fue publicado originalmente por el medio “Enredando”, cerrado
recientemente. Cedido por la autora a Bloggers Report.

